Me apuntas con tu arma en silencio mientras miro tus ojos inconclusos,
sedientos de explicaciones sobre el bien y el mal, el amor y el odio.
Trato de refugiarme en cada centímetro de tus cabellos que persiguen al
viento en esta playa tan absurda, donde el mar empieza en la arena de tu
cuerpo.
Y trato de escapar de tus balas, disparadas con precisión de cazador,
porque soy la presa de tu exquisito arte de matar con cada mirada que
rechazas y tu intolerable capacidad de ignorar mis palabras en celo. Y
continúo huyendo, tratando de refugiarme en los juegos de mi mente
incendiada en recuerdos de una pasión calmada, lenta, que sólo se
encendía cuando estabas.
Pasa el tiempo y mi herida no termina de sanar, porque este animal
domado por ti perdió su sentido de orientación por la ausencia de su
dueño. Y trato de sobrevivir, mientras confirmo que la mejor arma para
asesinar es tu salvaje indiferencia.
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